La Economía de la Especulación


TODO muy bien tramado, una red que llevan tejiendo muchas décadas y que ahora quieren coger la presa y chupar la sangre. Una red muy difícil de desmadejar por la víctima sujeta de pies, manos y cabeza.

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No, no saben de toros, saben de torturas, de provocar sufrimiento y de asesinar. Llevan muchos años haciéndolo y pronto se les va a hacer poco hacerlo con los toros.

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Por todo eso, es ahí donde se debe trabajar, plantar y regar, aunque siempre nos encontraremos con tierra baldía.

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  • Calentando ánimos, ¿Llamando a más convocatoria? no se. Esta medida ya no es de disuasión porque el tema está cantado, lo único que puede provocar es que se indigne más gente y asista. ¿Querrán que vayan ya picados?. Huele mal.
     
  •  Llevas razón, claro. Pero además quieren las imágenes en el día, no las clásicas de última hora nocturna de enfrentamientos de la policía con un grupo minoritario. Esa imagen saben que ya no les sirve para desprestigiar las manifestaciones y evitar ganar la simpatía del 'público televisivo'.
 



Ricos más ricos, pobres más pobres.

Un coche pequeño, utilitario, pero un nuevo y flamante coche. Ese es probablemente el primer símbolo de la democratización del consumo, del nacimiento de las clases medias en las economías desarrolladas, el momento en que los trabajadores tuvieron el acceso a la compra de un automóvil. A Henry Ford se le ha atribuido muchas veces el papel de promotor de la clase media americana, hace un siglo, porque creó un modelo, el Ford T, que estaba al alcance de la mayor parte de los estadounidenses y la producción en cadena que inventó dio lugar a un nuevo tipo de obrero especializado, con mejor salario que el proletario, un miembro de esa nueva clase media.

Sí muy bien tramado, una red que llevan tejiendo muchas décadas y que ahora quieren coger la presa y chupar la sangre. Una red muy difícil de desmadejar por la víctima sujeta de pies, manos y cabeza.

En España, el Ford T de los trabajadores fue el Seat 600, el coche que popularizó el automóvil entre esos españoles que empezaron a descubrir el turismo en la Península en los años sesenta y que, unos años después, ya tenían en sus casas dos televisores.
Las clases medias mantienen el poder de compra, pero la brecha entre los más ricos y los más pobres se ha disparado al nivel más alto de los últimos 30 años en los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), incluso en los tradicionalmente más igualitarios, como Alemania.
No es la crisis la que ha obrado el milagro (solo lo ha agravado), sino una etapa de crecimiento sostenido en la que desde mediados de los años noventa han ido perdiendo fuerza las políticas de redistribución de la riqueza; a saber, los impuestos, los servicios públicos y las prestaciones sociales.
Henry Ford solía decir que mejoró los salarios de sus trabajadores para que pudiesen comprar los automóviles que fabricaban. Pero probablemente el magnate también necesitaba fidelizar a esa mano de obra porque, entonces, conceptos como la deslocalización industrial no existían, y menos para industrias tan pesadas. Hoy el panorama no puede ser más diferente.
La globalización es uno de los motivos por los que la desigualdad tiende a crecer, porque la mano de obra empieza a competir de forma global y entre los rivales figuran potencias emergentes con mano de obra más barata. El progreso tecnológico también provoca disparidad salarial, porque premia mucho más al profesional formado y perjudica al menos cualificado.

Los impuestos y los servicios sociales son los que reequilibran las diferencias. Así que la OCDE, en plena ola de recortes por la dura crisis financiera y de deuda, ha pedido a los Gobiernos que revisen la fiscalidad y clama por una sanidad y educación públicas de calidad. Pide, además, un impulso al empleo cualificado y, por tanto, mejor pagado. "El contrato social se está empezando a deshacer en muchos países", alertó sobre las tensiones sociales el secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, al presentar el informe.
Hay distintos termómetros para la desigualdad. El informe de la OCDE, que recoge los datos de 2008, previos a la Gran Recesión, muestran que el 10% mejor situado gana como promedio 9,6 veces más que el peor pagado. En España eran casi 12 veces más (un punto más que en el informe anterior), por encima de Italia (10) aunque por debajo de los poderosos Estados Unidos (14). El índice Gini, por el que el símbolo = es igualdad absoluta y el número 1 implica que una sola persona concentra todos los recursos, lanza el mismo mensaje.
"Es cierto que la desigualdad entre ingresos crece dentro de los países desarrollados, en términos pequeños", dice Javier Solana, ahora presidente del ESADE Centre for Global Economics and Geopolitics, pero llama a poner el acento "en cómo se ha reducido la brecha entre países y ha crecido la esperanza de vida".
Las clases medias -un nivel de clase media muy modesto para el patrón europeo- se multiplicarán en los países emergentes en los próximos años. Aunque, al mismo tiempo, el último informe gubernamental de China, recogido por Efe, reflejaba la semana pasada el mayor desequilibrio salarial de la historia.
La brecha interna no es una cuestión de países pobres o ricos. En la economía estadounidense el ejecutivo que solía ganar 30 veces más que su empleado ahora gana 110 veces más, se lamentaba esta semana Barack Obama, y, además, paga menos impuestos.
La oficina estadística europea, Eurostat, compara el 20% de mayores ingresos con el 20% de menores y, según los últimos datos, el año pasado la desigualdad en España alcanzó el nivel más alto desde 1995. Y en 2009, el último que permite comparar entre los países de la Europa de los Veintisiete, solo Letonia, Lituania y Rumanía superaban en brecha.
Aquel fue el año más duro de la recesión, pero fue en plena euforia económica cuando emergió el fenómeno del mileurismo, esa generación de treintañeros de alta cualificación y salarios que parecían quedarse siempre en la frontera de los 1.000 euros. Y la última encuesta de estructura salarial del Instituto Nacional de Estadística (INE) refleja por ejemplo que la brecha entre jefe y empleado ha crecido alrededor de 38 puntos desde 1995.
¿Por qué la desigualdad importa? La pregunta se adentra en el terreno de la ética y la justicia social. Pero también hay argumentos economicistas. El analista del Banco Mundial, Branko Milanovic, uno de los principales expertos internacionales en la materia, advierte que "el incremento de los desequilibrios en ingresos se traduce después en una brecha de educación y de salud, lo que merma el crecimiento" porque los países con menores niveles sanitarios y de formación son menos dinámicos.
El aumento de la desigualdad de ingresos, además, afecta a la vida política. "La gente más rica es capaz de controlar los procesos políticos a través de la financiación de partidos y se benefician de forma desproporcionada porque logran mejores empleos", señala. A su juicio, la discriminación por riqueza "no es diferente de la discriminación por razones de sexo o raza: un largo segmento de la población no tiene oportunidad de utilizar sus capacidades para beneficiarse a sí mismo y a la sociedad", lo que "obviamente lleva a unos menores ingresos en general".
Desigualdad no es lo mismo que pobreza, esta última se puede reducir al tiempo que crece la brecha entre ricos y pobres. Así que hay también quienes ponen el acento en la reducción de la miseria, pero no de la diferencia entre ricos y pobres. Martin Feldstein, de la Universidad de Harvard, responde por correo electrónico que el aspecto importante de la desigualdad es la miseria y la política pública debe centrarse en reducir ese problema, "y no la desigualdad en sí misma". A su juicio, "el crecimiento económico puede incrementar los ingresos y el bienestar de las clases medias mucho más que la redistribución". Puede hacerlo, pero no siempre ocurre. La bonanza reciente lo muestra.
Imaginen, propone Feldstein, que un pájaro mágico entrega a cada persona 1.000 dólares, ello no reduciría ninguna desigualdad, pero no deja de ser una mejora para todos que no recae a expensas de nadie. Feldstein habla de "igualitarismo rencoroso", el sentimiento de rechazo de aquellos que, aunque vean mejorar sus ingresos, protestan porque los ricos aún se alejan más. Y añade que esos 1.000 dólares significan más para el pobre que para el rico, con lo que su situación avanza más en términos relativos.
Pero hay otro relato para esta fenomenal crisis financiera, y en ese, la desigualdad desempeña un papel crucial como motor de deudas imposibles. Un trabajo de investigadores del Fondo Monetario Internacional (FMI), Desigualdad, endeudamiento y crisis, analizaba hace un año el caso estadounidense.
Las dos grandes crisis de los últimos 100 años, la Gran Depresión de 1929 y la Gran Recesión que empezó en 2007, vinieron precedidas de fuertes incrementos en la desigualdad de ingresos y un aumento similar en los ratios de endeudamiento entre los hogares de medios y bajos ingresos. "La crisis es el resultado último, después de un periodo de décadas, del shock del poder de negociación sobre los ingresos de dos tipos de hogares, los de los inversores, que representan el 5% de la población y cuyo poder de negociación crece, y los trabajadores que suponían el 95% restante", explican los autores, Michael Kumhof y Romain Rancière.
El mecanismo es el siguiente. La concentración de la riqueza en una parte cada vez más concreta de la población redujo la capacidad adquisitiva del resto y, para poder mantener su nivel de consumo, se abarataron los créditos, alumbrando ese fenómeno de las hipotecas basura, de alto riesgo, porque se otorgaban a familias que difícilmente iban a poder pagar. La burbuja de crédito engordó el sector financiero y recortó inversiones productivas. Todo iba bien hasta que alguien un día no pudo pagar la hipoteca, el precio de las casas se derrumbó, grandes bancos quebraron y se empezó a hablar de refundar el capitalismo y unas cuantas cosas más.
"Creo que los créditos fáciles fueron una forma de redistribución para la gente cuyos ingresos no seguían el ritmo. Nadie tenía incentivos para impedirlo, después de todo, existía la ilusión de que el crédito se pagaría", responde desde Chicago el economista Raghuram Rajan, execonomista jefe del FMI que advirtió en 2005 contra el desastre financiero que se avecinaba. "Por supuesto", añade el ahora profesor de la Universidad de Chicago, "la mejor política hubiese sido mejorar la capacidad de la gente para ganar dinero, a través de la formación, pero eso lleva mucho tiempo".
La brecha social y las clases medias se han convertido también en un tema caliente en Estados Unidos. "Este tipo de desigualdad, un nivel que no se veía desde la Gran Depresión, nos hiere a todo", dijo Obama en un discurso electoral en el que emuló a Theodor Roosevelt para defender una mayor justicia redistributiva.
Warren Buffet, uno de los hombres más ricos del planeta, sorprendió al mundo este verano al quejarse de que pagaba pocos impuestos, que se le había gravado el 17% por su fortuna, cuando los 20 trabajadores de su oficina pagan tipos del 33% al 41%. "Dejen de mimar a los súper ricos", se titulaba el artículo del The New York Times en el que hacía semejante denuncia, un lema que bien podría leerse en cualquier pancarta del movimiento Ocupa Wall Street, o ese somos el 99%, en referencia a que el 1% más rico ha prosperado a expensas del resto.
La crisis produce fenómenos extraños, pero Rajan advierte contra estos últimos alegatos sobre los impuestos. Una subida fiscal, a su juicio, "podría usarse como fuente de ingresos para reducir el déficit en tanto que haya el mismo énfasis en gastar con cuidado en las cosas que importan, como una red mínima de seguridad y la mejora de capacidades para el futuro", pero "las subidas de impuestos no son una gran idea para financiar derroches o si se presentan como una medida punitiva". Es más, explica que el incremento de tasas en segmentos muy pequeños de la población tiende a restar responsabilidad en el gasto. "Después de todo, votaré para que haya más gasto si sé que otros pagarán por ello, así que mientras a los ricos se les pida que paguen más, creo que es una mala idea decir que nadie más pagará nada, y quizá incluso lograr incluso rebajas", reflexiona.
Los impuestos que pagan los más ricos han menguado en los países de la OCDE en los últimos 40 años. España, sin ir más lejos, aprobó en su última época de bonanza jugosas rebajas fiscales. Bajo el mandato de Pedro Solbes en Economía, el Gobierno rebajó el impuesto sobre sociedades, eliminó el de patrimonio y redujo el IRPF.
Y el tipo marginal en EE UU o Reino Unido, por ejemplo, se situaba por encima del 70% en los años setenta, antes de que los nuevos credos de Ronald Reagan o Margaret Thatcher diesen lugar a tijeretazos de 40 puntos en el transcurso de una década, según un análisis publicado en el foro de debate Vox, del Centre for Economic Policy Research (CEPR).
Este análisis, firmado por Thomas Piketty junto a otros dos autores, señala que los países ricos han crecido aproximadamente al mismo ritmo durante los pasados 30 años, a pesar de los cambios introducidos en las políticas fiscales y defiende que el tipo máximo podría situarse en el 80% para ese 1% más rico de la población sin que ello desincentivara la creación de riqueza ni la productividad.
Tampoco hay conclusiones demasiado claras entre idearios políticos -al menos, los escritos en discursos y programas electorales- y la reducción efectiva de la pobreza. Una investigación de Wilkinson y Piketty analiza cómo la brecha social variaba en periodos de Gobierno de Thatcher, Major y Blair en Reino Unido.
Cuando Milanovic, ahora profesor invitado en la Universidad Carlos III de Madrid, comenzó a investigar la desigualdad vivía en un país comunista, la antigua Yugoslavia. A aquellos políticos, recuerda, les escocía su trabajo porque mostraba que la igualdad universal era un mito bajo el socialismo. Cuando trabajó en países capitalistas tampoco despertó pasiones.
"La desigualdad no es lo mismo que la pobreza y la brecha puede ensancharse tanto en la bonanza como en la crisis, impulsada por motivos diferentes en cada escenario", reflexiona Alfonso Novales, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid.
En la euforia, cuando todos los ingresos crecen de forma absoluta, pasa desapercibida, pero cuando estalla una Gran Recesión dispara la pobreza relativa por el latigazo del paro y la caída de los salarios. En España, el año pasado había un 21% de los hogares por debajo del umbral de la pobreza y los ingresos de las familias bajaron un 4,4%. Tres de cada 10 personas que el año pasado pidieron ayuda a Cáritas lo hicieron por primera vez y el peso de los inmigrantes, el colectivo más castigado por el paro y vulnerable por la falta de red social y familiar, ha bajado del 60% al 50%.
Las clases medias en España siguen teniendo coches, y televisores, y además ahora pueden viajar en aerolíneas de bajo coste (o podrán volver a hacerlo, una vez superada esta interminable crisis), pero un pequeño detalle ha cambiado en los últimos 15 años: el peso de la deuda de las familias, que equivalía al 32% del PIB en 1995, era más del doble en 2010, un 85%. Por hacer una comparación -odiosa-, en Alemania se mantenía estable en el 61% en el mismo periodo.
Los hogares españoles, en fin, han acogido un nuevo miembro, una fenomenal deuda.

El País.
http://www.elpais.com/articulo/primer/plano/Ricos/ricos/pobres/pobres/elpepueconeg/20111211elpneglse_2/Tes



La Solución del 70%


A través de un sinuoso recorrido por Internet -Paul Krugman, de la Universidad de Princeton, citó a Mark Thoma, de la Universidad de Oregón, tras leer el Journal of Economic Perspectives- llegué hasta una copia de un artículo escrito por Emmanuel Sáez, cuya oficina está a 15 metros de la mía en el mismo pasillo, y el premio Nobel de Economía Peter Diamond. Sáez y Diamond proponen que el tipo marginal que las sociedades del Atlántico Norte deben imponer a sus ciudadanos más ricos en el impuesto sobre la renta es del 70%.

Es una afirmación fascinante, dada la manía de recortes impositivos que ha prevalecido en esas sociedades durante los últimos 30 años, pero la lógica de Diamond y Sáez es clara. Los superricos controlan y disponen de tantos recursos que realmente están saciados; aumentar o disminuir su riqueza no afecta su felicidad. Por tanto, sin importar cómo ponderemos su felicidad en relación con la de los demás -ya los consideramos loables industriales que merecen sus encumbradas posiciones o ladrones parásitos-, sencillamente, no podemos hacer nada que la afecte a través de aumentos o disminuciones de sus impuestos.
La consecuencia inevitable de este argumento es que cuando calculamos la tasa impositiva para los superricos no debemos considerar el efecto de los cambios sobre su felicidad, ya que sabemos que es cero. Por el contrario, la cuestión central debe ser el efecto de un cambio en sus tasas impositivas sobre el bienestar del resto de nosotros.
De esta simple concatenación lógica deriva como conclusión nuestra obligación moral de gravar a nuestros superricos en la cima de la curva de Laffer: cobrarles impuestos para obtener la mayor cantidad de su dinero posible, hasta llegar al punto más allá del cual su reasignación de energía y talento para evitar impuestos y protegerse implicaría que cualquier gravamen adicional no elevaría, sino que reduciría, los ingresos.
La lógica económica utilitarista es clara. Sin embargo, probablemente, más de la mitad de nosotros rechacemos la conclusión alcanzada por Diamond y Sáez. Creemos que es incorrecto gravar a nuestros superricos, exprimiéndolos como a fruta madura hasta el punto en que más impuestos solo nos dejarían con menos semillas. Y pensamos así por dos motivos, ambos planteados hace más de dos siglos por Adam Smith -no en su obra más famosa, La riqueza de las naciones, sino en un libro mucho menos comentado, La teoría de los sentimientos morales.
El primer motivo corresponde a quienes viven de rentas. Según Smith,
"Alguien ajeno a la naturaleza humana, que viese la indiferencia de los hombres a la miseria de sus subordinados y la forma en que se lamentan e indignan por las desgracias y sufrimientos de sus superiores, podría imaginar que el dolor debe ser más atroz y las convulsiones de la muerte más terribles para las personas de mayor rango que para los de puestos más mediocres...".
Pensamos así, cree Smith, porque simpatizamos naturalmente con los demás (si escribiese hoy, seguramente recurriría a las neuronas espejo). Y cuanto más agradables son nuestros pensamientos sobre las personas o los grupos, más tendemos a simpatizar con ellos. Que el estilo de vida de los ricos y famosos "parezca casi la idea abstracta de una situación perfecta y feliz" nos lleva a "¡lamentar que algo pueda echar a perder y corromper una situación tan agradable! Hasta podríamos desearles la inmortalidad...".
El segundo motivo se aplica a los ricos muy trabajadores, personas del tipo que "se dedica siempre a perseguir riqueza y grandeza. (...) Con la diligencia más implacable trabaja día y noche
(...) sirve a quienes odia y es obsequioso con quienes desprecia. (...) Los últimos instantes de vida, con su cuerpo desgastado por el esfuerzo y las enfermedades, su mente amargada y alterada por la memoria de mil injurias y desilusiones, finalmente, comienza a descubrir que la riqueza y la grandeza son meras baratijas de nimia utilidad. (...) El poder y las riquezas (...) alejan el chubasco de verano, no la tormenta de invierno, y lo dejan tan expuesto como antes, y a veces más aún, a la ansiedad, el miedo y el dolor; a las enfermedades, el peligro y la muerte...".
En resumen: por un lado, no deseamos interrumpir la felicidad perfecta del estilo de vida de los ricos y famosos; por otra parte, no queremos sumar problemas a los de quienes han agotado su posesión más preciosa -su tiempo y energía- en perseguir chucherías. Los dos argumentos no guardan coherencia, pero eso no importa. Ambos inciden sobre nuestra forma de pensar.
A diferencia de los actuales economistas especializados en finanzas públicas, Smith entendía que no somos calculadores racionales utilitarios. De hecho, por eso hemos fracasado colectivamente al enfrentarnos al enorme aumento de la desigualdad entre la clase media industrial y los superricos plutocráticos de la que hemos sido testigos en la última generación.

J. Bradford DeLong, ex secretario adjunto del Tesoro de Estados Unidos, es profesor de Economía en la Universidad de California en Berkeley. - © Project Syndicate, 2011. Traducción de Leopoldo Gurman






Audacia, más audacia

ALAI AMLATINA

Traducción: Katu Arkonada y Alejandra Santillana


Las circunstancias históricas creadas por la implosión del capitalismo contemporáneo requieren de una izquierda radical, tanto en el Norte como en el Sur, que sea capaz de formular una alternativa política al sistema existente. El propósito de este artículo es mostrar por qué es necesaria la audacia y lo que esta significa.
¿Por qué audacia?
1. El capitalismo contemporáneo es un capitalismo de monopolios generalizados. Con esto quiero decir que los monopolios no son ya más islas grandes en un mar de empresas relativamente autónomas, sino que son un sistema integrado, que controla absolutamente todos los sistemas de producción. Pequeñas y medianas empresas, incluso las grandes corporaciones que no son estrictamente oligopolios, están bajo el control de una red que remplaza a los monopolios. Su grado de autonomía se ha visto reducido al punto de convertirse en subcontratistas de los monopolios.
Este sistema de monopolios generalizados es producto de una nueva fase de centralización del capital que tuvo lugar durante los 80 y 90 en los países que componen la Triada (Estados Unidos, Europa y Japón).
Los monopolios generalizados dominan ahora la economía mundial. “Globalización” es el nombre que le han dado al conjunto de demandas mediante las cuales ejercen su control sobre los sistemas productivos de la periferia del capitalismo global (periferia entendida como el mundo por debajo de la Triada). Esto no es más que una nueva fase del imperialismo.
2. El capitalismo de los monopolios generalizados y globalizados es un sistema que garantiza que estos monopolios graven impuestos sobre la masa de plusvalía (transformada en ganancias) que el capital extrae de la explotación del trabajo. En la medida en que estos monopolios están operando en las periferias del sistema global, la renta monopólica es renta imperialista. El proceso de acumulación capitalista –que define el capitalismo en todas sus sucesivas formas históricas- está determinado por la maximización de la renta monopólica/imperialista que persigue.
Este desplazamiento del centro de gravedad de la acumulación del capital es la fuente de la continua concentración del ingreso y la riqueza en beneficio de los monopolios, ampliamente controlada por las oligarquías (plutocracias) que gobiernan los grupos oligopólicos a expensas de la remuneración del trabajo e incluso de la remuneración del capital no monopólico.
3. Esto pone en riesgo al mismo crecimiento, desequilibrando la fuente de financialización del sistema económico. Con esto me refiero a que el segmento creciente de la plusvalía no puede ser invertido en la expansión y profundización de los sistemas de producción y por consiguiente la inversión financiera de la plusvalía desmedida se vuelve la única opción para sostener la acumulación bajo el control de los monopolios.
La implementación que el capital realiza en determinados sistemas, permite que la financialización opere de distintas maneras, generando:
(i) la subordinación de la gestión de las empresas al principio del “valor de las acciones”.
(ii) la sustitución del sistema de pensiones basado en la capitalización (fondos de pensión) por sistemas de distribución de las pensiones.
(iii) la adopción del principio de “intercambio de tasas flexibles”.
(iv) el abandono del principio bajo el cual los bancos centrales determinan la tasa de interés –el principio de liquidez- y la transferencia de esta responsabilidad al “mercado”.
La financialización ha transferido la responsabilidad principal en el control de la reproducción del sistema de acumulación a 30 grandes bancos que son parte de la Triada. Los eufemísticamente llamados “mercados” no son otra cosa más que los lugares donde son desplegadas las estrategias de los actores que dominan la escena económica.
Por consiguiente esta financialización, que es responsable del crecimiento de la desigualdad en la distribución del ingreso (y la riqueza), genera la misma plusvalía que la sostiene. La “inversión financiera” (o mejor dicho la inversión en especulación financiera) continúa creciendo a gran velocidad sin corresponderse con el crecimiento del Producto Interior Bruto (que en la actualidad se está convirtiendo en algo ficticio) o con la inversión en la producción real.
El crecimiento explosivo de la inversión financiera requiere, y se alimenta de, la existencia de deuda en todas sus formas, especialmente de la deuda soberana. Cuando los gobiernos que están en el poder dicen estar persiguiendo la reducción de la deuda, están mintiendo deliberadamente. Para concretar la estrategia de financialización de los monopolios se necesita el crecimiento de la deuda, algo que en realidad los monopolios buscan más que combaten, como una manera de absorber la ganancia de los monopolios. Las políticas de austeridad impuestas para “reducir la deuda”, han tenido como resultado (tal y como se pretendía) el incremento del volumen de la misma.
4. Es este sistema –llamado popularmente neoliberal, el sistema del monopolio generalizado capitalista, “globalizado” (imperialista) y financializado (como una necesidad para su propia reproducción) – que implosiona ante nuestros ojos. Pero este sistema, aparentemente incapaz de derrotar sus crecientes contradicciones internas, está condenado a continuar su salvaje expansión.
La “crisis” del sistema es causada por su propio “éxito”. En efecto, la estrategia desplegada por los monopolios siempre ha producido los resultados deseados: los planes de “austeridad” y los llamados planes de reducción social (en realidad anti-social) continúan siendo impuestos, a pesar de la resistencia y las luchas. Actualmente, la iniciativa yace en manos de los monopolios (“los mercados”) y sus siervos políticos (los gobiernos subordinados a las demandas del “mercado”).
5. Bajo estas condiciones el capital monopólico ha declarado abiertamente la guerra tanto a los trabajadores como a los pueblos. Esta declaración es parte del planteamiento de “el liberalismo no es negociable”. El capital monopólico seguirá expandiéndose sin reducir su velocidad. La crítica a la “regulación” que explico a continuación, está basada en este hecho.
No estamos viviendo un momento histórico en donde la búsqueda de un “compromiso social” sea una opción posible. Ha habido momentos en el pasado, como el compromiso social durante la post Guerra entre el capital y el trabajo referente a un Estado social democrático en el oeste, el socialismo actualmente existente en el este, y los proyectos nacionalistas y populares en el sur, pero el actual momento histórico ya no es el mismo. El conflicto actual se produce entre el capital monopólico, y los trabajadores y la gente que es llamada a rendirse incondicionalmente. Las estrategias defensivas de resistencia bajo estas condiciones no son efectivas y eventualmente llevan incluso a ser derrotadas. En la guerra declarada por el capital monopólico, los trabajadores y los pueblos deben desarrollar estrategias que les permitan colocarse a la ofensiva.
El periodo de guerra social está necesariamente acompañado por la proliferación de conflictos políticos internacionales e intervenciones militares de las fuerzas imperialistas de la Triada. La estrategia de “control militar del planeta” por las fuerzas armadas de los Estados Unidos y sus aliados subordinados de la OTAN es, en última instancia, el único medio por el cual los monopolios imperialistas de la Triada pueden continuar su dominio sobre los pueblos, naciones y estados del Sur.
Ante este desafío de la guerra declarada por los monopolios, ¿cuáles son las alternativas que se proponen?
Primera respuesta: “regulación de los mercados” (financieros y de otros tipos)
Esta regulación es una iniciativa que los monopolios y los gobiernos reivindican. Sin embargo esto es solo retórica vacía, diseñada para confundir a la opinión pública. Estas iniciativas no pueden parar la desenfrenada carrera por el beneficio financiero, resultado de la lógica de acumulación controlada por los monopolios. Son por tanto una falsa alternativa.
Segunda respuesta: un retorno a los modelos de la post Guerra.
Estas respuestas alimentan una triple nostalgia: (i) la reconstrucción de una verdadera “socialdemocracia” en Europa occidental, (ii) la resurrección de “socialismos” basados en los principios que gobernaron el siglo XX (iii) el retorno a fórmulas de nacionalismo popular en la periferia del Sur. Estas nostalgias imaginan que es posible obligar a retroceder al capitalismo monopólico, forzándole a regresar a lo que era en 1945. Pero la historia nunca permite tales retornos al pasado. El capitalismo debe ser confrontado tal y como es hoy, no como nosotros hubiéramos deseado que hubiese sido imaginándonos un bloqueo en su evolución. Sin embargo, estos anhelos siguen atormentando a una buena parte de la izquierda global.

Tercera respuesta: la búsqueda de un consenso “humanista”
Yo defino este piadoso deseo de la siguiente manera: la ilusión de que un consenso entre intereses en conflicto puede ser posible. Algunos ingenuos movimientos ecologistas, entre otros, comparten esta ilusión.
Cuarta respuesta: las ilusiones del pasado

Estas ilusiones invocan “la especificidad” y “el derecho a la diferencia” sin preocuparse de entender su alcance y significado. El pasado ya nos ha respondido las preguntas del futuro. Estos “culturalismos” pueden adoptar varias formas étnicas o para-religiosas. Teocracias y etnocracias se convierten en convenientes substitutos de las luchas sociales democráticas que han visto vaciada su agenda.
Quinta respuesta: la prioridad de la “libertad personal”.

La gama de respuestas basadas en esta prioridad, considerada el “valor supremo”, incluyen entre sus filas a los retrógrados defensores de la “democracia electoral representativa”, a la que equiparan con democracia en sí misma. La fórmula separa la democratización de las sociedades del progreso social, tolerando incluso una asociación de facto con la regresión social con tal de no poner en riesgo y desacreditar la democracia, reducida ahora al estatus de una trágica farsa.

Pero hay variaciones de esta posición incluso más peligrosas. Me refiero aquí a algunos típicos “post modernos” actuales (como Toni Negri en particular) quienes imaginan que el individuo se ha convertido ya en el protagonista de la historia, como si el comunismo, que permite al individuo ser emancipado de la alienación y convertirse en protagonista de la historia, ya hubiese sido instaurado.
Está claro que todas las respuestas de arriba, incluyendo aquellas de derecha (como las “regulaciones” que no afectan a la propiedad privada de los monopolios) todavía encuentran poderosos ecos en una mayoría de la gente de izquierda.
6. La guerra declarada por el generalizado capitalismo monopólico del imperialismo contemporáneo no tiene nada que temer de las falsas alternativas que acabo de perfilar.
¿Qué hacer entonces?
Este momento nos ofrece la oportunidad histórica de ir mucho más lejos; nos demanda como única y efectiva respuesta una audaz y atrevida radicalización en la formulación de alternativas capaces de movilizar trabajadores y pueblos para colocarse a la ofensiva y defenderse de la estrategia de guerra de sus enemigos. Estas formulaciones, basadas en el análisis del capitalismo actualmente existente, deben confrontar directamente el futuro a ser construido, y sacarnos de la nostalgia del pasado y de las ilusiones de la identidad o el consenso.
Programas audaces para una izquierda radical
Voy a organizar los siguientes planteamientos bajo tres ideas centrales: (i) la socialización de la propiedad de los monopolios, (ii) la des-financialización del manejo de la economía, (iii) des-globalización de las relaciones internacionales.
Socialización de la propiedad de los monopolios
La efectividad de la respuesta alternativa requiere necesariamente del cuestionamiento del principio de la propiedad privada del monopolio del capital. La propuesta de “regular” las operaciones financieras, el retorno de los mercados a la “transparencia” para permitir que las expectativas de los “agentes” se conviertan en “racionales” y definan los términos de un consenso de estas reformas sin abolir la propiedad privada de los monopolios no es más que un claro intento de confundir a un público ingenuo. Los monopolios son llamados a “gestionar” reformas contra sus propios intereses, ignorándose el hecho de que los monopolios mantienen mil y un formas de burlar los objetivos de estas reformas.
El proyecto social alternativo debería revertir la dirección del actual orden social (desorden social) producido por las estrategias de los monopolios, con el propósito de asegurar empleo pleno y estable, garantizando salarios decentes al mismo tiempo que genera la productividad de la labor social. Este objetivo es simplemente imposible sin la expropiación del poder de los monopolios.
El "software de los teóricos de la economía" debe ser reconstruido (en palabras de François Morin) así como la absurda e imposible teoría económica de que las "expectativas" promueven la democracia porque permiten un mayor control en la toma de decisiones económicas. La audacia en este momento requiere de reformas radicales en la educación para la formación no solo de economistas sino también de aquellos llamados a ocupar cargos de gestión.
Los monopolios son cuerpos institucionales que deben ser manejados de acuerdo a los principios de la democracia, en conflicto directo con quienes santifican la propiedad privada. A pesar de que el término “bienes", importado de la palabra anglo sajona, es en sí mismo ambiguo porque está desconectada del debate sobre el significado de los conflictos sociales (el lenguaje anglo sajón ignora deliberadamente la realidad de las clases sociales), el término aquí puede ser utilizado específicamente para denominar a los monopolios como parte de los “bienes”.
La abolición de la propiedad privada de los monopolios debe tener lugar a través de su nacionalización. Este primer paso legal es inevitable. Pero la audacia implica en este punto ir más allá de este paso legal para proponerse la socialización de la gestión de los monopolios nacionalizados y la promoción de las luchas sociales democráticas articuladas en este proceso.
Daré un ejemplo concreto que podría incluirse en estos planes de socialización.
Tanto los propietarios de tierra 'capitalistas' (aquellos de los países desarrollados) como los propietarios 'campesinos' (mayormente del Sur) son prisioneros tanto de los monopolios que proveen inputs [1] y créditos, como de los que dependen del proceso de transporte y comercialización de sus productos. Pero ninguno de los dos grupos tiene autonomía real en la toma de decisiones. A esto se suma que la productividad alcanzada es apropiada por los monopolios que reducen a los productores al status de "subcontratistas". Frente a esto, ¿cuál es la alternativa posible?
Los monopolios deberían ser substituidos por instituciones públicas que trabajen dentro de un marco legal como parte de su forma de gobernar. Estas instituciones deberían ser constituidas por representantes de: (i) campesinos (los principales interesados), (ii) unidades ascendentes (manufactura de inputs, bancos) y descendentes (industria alimentaria, cadenas comerciales), (iii) consumidores, (iv) autoridades locales comprometidas con el medio ambiente y la sociedad (escuelas, hospitales, planificación urbana, vivienda, transporte), (v) el Estado (los ciudadanos). Estos representantes deberían ser seleccionados de acuerdo a procedimientos correspondientes a su propia manera de gestión social, como por ejemplo unidades de producción de inputs gestionadas por consejos de administración conformados por trabajadores directamente empleados por las unidades concernientes así como por quienes están empleados por unidades de subcontrato. Estas estructuras deberían estar diseñadas de tal manera que asocien la gestión del personal con cada uno de estos niveles, así como con centros de investigación que busquen una investigación independiente, y tecnología apropiada. Podríamos hasta concebir una representación de los proveedores de capital ("pequeños accionistas") heredados de la nacionalización, si es que lo consideramos útil.
Estamos hablando por tanto de aproximaciones institucionales que son más complejas que las reformas de autogestión o cooperativas conocidas hasta el momento. Es necesario inventar los caminos de este proceso de tal manera que promuevan el ejercicio de una democracia verdadera en el manejo de la economía, ejercicio basado en negociaciones abiertas entre todos las partes interesadas. Se requiere una formula que vincule sistemáticamente la democratización de la sociedad con el progreso social, en contraste con la realidad del capitalismo que disocia la democracia, reduciéndola al manejo formal de la política, con las condiciones sociales abandonadas al "mercado" dominado por lo que produce el monopolio del capital. Ahí y solo ahí podremos hablar de una verdadera transparencia de los mercados, cuando estos sean regulados bajo formas institucionalizadas de gestión socializada.
El ejemplo puede parecer marginal en los países capitalistas desarrollados debido a que los pequeños propietarios de tierra y campesinos son solo una pequeña proporción de los trabajadores (3-7%). Sin embargo, este tema es central para el Sur, en donde la población rural seguirá siendo significativa por algún tiempo. Aquí, el acceso a la tierra, que debe ser garantizado para todos (con la mayor equidad posible en su distribución) es fundamental para avanzar en la agricultura campesina. Esta “agricultura campesina” no debe ser entendida como sinónimo de "agricultura estática" o “tradicional y folklórica”. El progreso necesario de la agricultura campesina implica una cierta "modernización" (a pesar de que este término es poco apropiado debido a que inmediatamente sugiere modernización a través del capitalismo). Más inputs efectivos, créditos, y cadenas de producción y distribución son necesarias para impulsar la productividad del trabajo campesino. Las fórmulas propuestas aquí tienen por objetivo avanzar en la modernización bajo formas y orientadas por un espíritu "no-capitalista", es decir, bajo un horizonte socialista.
Obviamente, el ejemplo específico escogido aquí en este artículo es uno de los que necesita ser institucionalizado. La nacionalización / socialización de la gestión de los monopolios en los sectores de la industria y el transporte, bancos y otras instituciones financieras, deben ser imaginadas bajo el mismo espíritu, tomando las especificidades de sus propias economías y funciones sociales en la constitución de sus consejos de administración. Como ya se ha señalado, estos consejos deben incluir a los trabajadores de la compañía, así como a los subcontratistas, representantes de las industrias, bancos, institutos de investigación, consumidores y ciudadanos.
La nacionalización/ socialización de los monopolios nos señala una necesidad fundamental como eje central del reto que deben encarar los trabajadores y pueblos bajo un capitalismo contemporáneo de monopolios generalizados. Este es el único camino para detener la acumulación por desposesión a la que nos está llevando el manejo de la economía por parte de los monopolios.
La acumulación dominada por los monopolios puede ser de hecho reproducida solamente si el área sujeta al "manejo del mercado” está en constante expansión. Esto es posible por la excesiva privatización de los servicios públicos (desposesión de los ciudadanos), y el acceso a recursos naturales (desposesión de los pueblos). La extracción de las ganancias de las unidades económicas “independientes” por parte de los monopolios es también una desposesión (entre capitalistas!) de la oligarquía financiera.
De-financialización: un mundo sin Wall Street
La nacionalización/ socialización de los monopolios debería abolir el principio de "valor de las acciones" impuesto por la estrategia de acumulación al servicio de la renta monopólica. El objetivo es esencial para cualquier agenda que quiera escapar del anquilosamiento bajo el cual nos tiene enfangados el actual manejo de la economía. La implementación de un proceso de nacionalización trastoca la financialización del manejo de la economía. Pero ¿estaríamos regresando a la famosa "eutanasia de la renta" acuñada por Keynes en su época? No necesariamente, y desde luego no completamente. Se puede fomentar el ahorro, pero bajo la condición de que su origen (ahorros de los trabajadores, negocios, comunidades) y las condiciones de las ganancias, sean bien definidas. El discurso del ahorro macroeconómico en la teoría económica convencional esconde la pretensión del acceso exclusivo al mercado de capital por parte de los monopolios. La tan llamada “ganancia generada por el mercado” no es otra cosa que el medio para garantizar el crecimiento de la renta monopólica.
Por supuesto la nacionalización / socialización de los monopolios también se puede utilizar para los bancos, al menos para los más grandes. Pero la socialización de su intervención ("políticas de crédito") tiene características específicas que requieren de más precisión en la constitución de sus consejos de administración. La nacionalización en el sentido más clásico se refiere únicamente a la substitución de consejos de administración conformados por accionistas privados por otros definidos por el Estado. Esto permitiría en principio, la implementación de políticas de crédito formuladas desde el Estado, lo cual no es poco. Pero no es suficiente si consideramos que la socialización requiere de la participación de accionistas sociales relevantes en la gestión del banco. Aquí la gestión de los bancos por sus propios trabajadores no sería lo más apropiado. El personal afectado debe ser incorporado en las decisiones sobre sus propias condiciones laborales, pero poco más, debido a que no le corresponde determinar las políticas de crédito que deben ser implementadas.
Si los consejos de administración deben lidiar con el conflicto de intereses entre quienes proveen préstamos (los bancos) y aquellos que los reciben (las "empresas"), la fórmula para la composición de los consejos de administración debe ser diseñada tomando en cuenta cuáles son estas empresas y que es lo que necesitan. Necesitamos una restructuración del sistema bancario, sistema que se ha convertido en algo excesivamente centralizado desde que los marcos regulatorios de los últimos dos siglos fueron abandonados en las últimas cuatro décadas. Este es un argumento fuerte que justifica la reconstrucción de la especialización bancaria en función de los requerimientos de los beneficiarios de los créditos, así como de su propia función económica (provisión de liquidez a corto plazo, contribuir a la financiación de inversiones en el mediano y largo plazo). Deberíamos entonces por ejemplo, crear un " banco agrícola" (o un conjunto coordinado de bancos agrícolas) entre cuya clientela se incluyan no solo pequeños propietarios de tierra y campesinos sino también a todos los involucrados en las diferentes entidades de la agricultura descritas arriba. El consejo de administración del banco podría incorporar por un lado a los “bancarios" (personal del banco, los que han sido reclutados por el consejo de administración) y otros clientes (pequeños propietarios de tierra o campesinos, y otras entidades.
Podemos imaginar también otros tipos de sistemas articulados de bancos, adecuados para diferentes sectores industriales, en donde los consejos de administración podrían incluir clientes industriales, así como centros de investigación, tecnología y servicios, para asegurar el control del impacto ecológico de la industria, y de esta manera garantizar el mínimo riesgo (reconociendo claro está que ninguna acción humana está completamente libre de riesgos), y vincularlo a un debate transparente y democrático.
La des-financialización de la gestión económica requiere asimismo de dos tipos de legislación. La primera referente a la autoridad de un Estado soberano para prohibir que fondos especulativos (fondos de cobertura) operen en su propio territorio. La segunda es la referida a los fondos de pensiones, los cuales se han convertido actualmente en los mayores operadores en la financialización del sistema económico. Estos fondos fueron designados, en Estados Unidos en primer lugar por supuesto, para transferir a los trabajadores los riesgos normalmente asumidos por el capital, y que constituyen las razones a las que se suele apelar para justificar la remuneración del capital! Esto constituye un arreglo escandaloso, en clara contradicción incluso con la defensa ideológica del capitalismo! Pero esta "invención" es un instrumento ideal para las estrategias de acumulación dominadas por los monopolios.
La abolición de los fondos de pensiones es necesaria para el beneficio de sistemas redistributivos de pensiones, los cuales por su propia naturaleza, requieren de un debate democrático para determinar las cantidades y periodos de contribución así como la relación entre las cantidades de las pensiones y los pagos. En una democracia que respeta derechos sociales, los sistemas de pensiones son universalmente accesibles para todos los trabajadores.
Todas las medidas de de-financialización sugeridas aquí nos llevan a una conclusión obvia: Un mundo sin Wall Street, tomando prestado el título de un libro de François Morin, es posible y deseable.
En un mundo sin Wall Street, la economía está todavía controlada por el mercado. Pero por primera vez estos mercados son verdaderamente transparentes, regulados por una negociación democrática entre actores sociales genuinos (actores que por primera vez ya no son adversarios, como ocurre bajo el capitalismo). Es el “mercado” financiero, opacado por la naturaleza y el carácter de los requerimientos de la gestión para beneficio de los monopolios, el que desaparece. Podríamos incluso explorar si es que es útil o no terminar con el intercambio de acciones, dado que los derechos a la propiedad (tanto en su forma privada como social) serían dirigidos de otra manera. El simbolismo en cualquier caso–un mundo sin Wall Street- conserva todo su poder.
Des-financialización no significa en cualquier caso la abolición de la política macroeconómica y en particular la gestión macro del crédito. Por el contrario, restaura su eficiencia al liberándola de la subyugación a estrategias que buscan la maximización de las rentas de los monopolios. La restauración de los poderes de los bancos centrales nacionales, ya no más “independientes” sino dependientes tanto del Estado como de los mercados y regulados por la negociación democrática entre los accionistas sociales, nos otorga la formulación de una política macro de crédito capaz de permitir una gestión social de la economía.
En el nivel internacional: desconexión
En este punto voy a utilizar el término “desconexión” que propuse hace medio siglo, un concepto que el discurso contemporáneo aparentemente ha sustituido por el sinónimo "des-globalización". Nunca he conceptualizado desconexión como una forma autárquica de refugio, sino como un cambio estratégico de cara tanto a las fuerzas internas como externas en respuesta a los requerimientos inevitables del desarrollo autodeterminado. La desconexión promueve la reconstrucción de una globalización basada en la negociación, en vez de una subordinación a los intereses exclusivos de los monopolios imperialistas. La desconexión hace también posible la reducción de las desigualdades internacionales.
La desconexión es necesaria porque sin ésta, las medidas definidas en las dos secciones previas de este artículo no podrán ser jamás implementadas a escala global, o incluso tampoco a nivel regional (por ejemplo en Europa). Estas medidas únicamente podrán empezar a realizarse en el contexto de los estados / naciones a partir de luchas sociales y políticas, comprometidas con un proceso de socialización del manejo de su economía.
El imperialismo, bajo la forma adoptó hasta justo después de la Segunda Guerra Mundial, generó un fuerte contraste entre centros imperialistas industrializados y periferias dominadas donde la industria fue prohibida. Las victorias de los movimientos de liberación nacional iniciaron el proceso de industrialización de las periferias, mediante la implementación de políticas de desconexión necesarias para alcanzar el desarrollo endógeno. Asociadas con reformas sociales, que para aquellos tiempos eran reformas radicales, estas desconexiones crearon las condiciones para un eventual "surgimiento" de los países que más lejos habían llegado en esa dirección – obviamente con China a la cabeza de este bloque de países.
Pero el imperialismo del actual momento histórico, el imperialismo de la Triada, está forzado a renegociar y "ajustarse” a las condiciones de este nuevo momento, y por lo tanto a reconstruirse bajo nuevas bases, basadas en "ventajas" mediante las cuales se busca mantener el privilegio de la exclusividad que he clasificado en cinco categorías. Estas se refieren al control de:
· tecnología
· acceso a recursos naturales del planeta
· integración global de los sistemas monetarios y financieros
· sistemas de comunicación e información
· armas de destrucción masiva.
Actualmente, la principal forma de desconexión es aquella definida precisamente por estos cinco privilegios del imperialismo contemporáneo. Los países emergentes están destinados a la desconexión de estos cinco privilegios, con distintos grados de control y auto determinación. Mientras que el éxito temprano en las pasadas dos décadas de desconexión permitió la aceleración de su desarrollo, en particular a través del desarrollo industrial dentro del sistema "liberal" globalizado, es decir "capitalista", este éxito ha alimentado la desilusión sobre la posibilidad de continuar por este camino, es decir, emergiendo como los nuevos “socios capitalistas de igual nivel”. La intención de "cooptar" a los más prestigiosos de estos países mediante la creación del G20 ha fomentado estas ilusiones.
Pero con la actual implosión del sistema imperialista (llamado "globalización"), estas ilusiones deben disiparse. El conflicto entre los poderes imperialistas de la Triada y los países emergentes ya es visible, y se espera que empeore. Si quieren avanzar, las sociedades de los países emergentes se verán forzadas a avanzar hacia modelos de desarrollo autosuficientes mediante planes nacionales y a través del fortalecimiento de la cooperación Sur-Sur.
La audacia, en estas circunstancias, incluye un compromiso vigoroso y coherente hasta el final, que vincule las medidas requeridas de desconexión con los avances deseados en el progreso social.
El objetivo de esta radicalización implica: la democratización de la sociedad; el consecuente progreso social asociado; y la toma de posiciones antiimperialistas. Un compromiso en esta dirección es posible, no solo para las sociedades de los países emergentes, sino también para los "abandonados" o los “invisibilizados” del Sur global. Estos países han sido recolonizados a través de los programas de ajuste estructural de los 1980s. Sus pueblos están actualmente movilizados, y o bien han alcanzado algunas victorias (en América del Sur) o no lo han logrado todavía (en el mundo árabe).
Audacia significa que la izquierda radical de estas sociedades debe tener el coraje necesario para medir los retos que afronta y apoyar la continuación y radicalización de las necesarias luchas actualmente en marcha.
La desconexión del Sur prepara el camino para la deconstrucción del propio sistema imperialista. Esto es específicamente obvio claro en áreas afectadas por el manejo del sistema monetario y financiero global, resultado de la hegemonía del dólar.
Pero cuidado: es una ilusión esperar que a este sistema le sustituya “otro mundo monetario y otro sistema financiero" que sea más equilibrado y favorable para el desarrollo de las periferias. Como suele ocurrir, la búsqueda de un “consenso” basado en la reconstrucción internacional y producido desde arriba, es un mero deseo en espera de que ocurra un milagro. Lo que está en la agenda ahora es la deconstrucción del sistema existente – su propia implosión – y la reconstrucción de sistemas nacionales alternativos (para países, continentes o regiones), algo que ya ha comenzado a suceder en América del Sur. Audacia es tener el coraje de avanzar con la mayor determinación posible, sin preocuparse demasiado por cómo vaya a reaccionar el imperialismo.
La misma cuestión de la desconexión es igualmente importante para Europa, que es una especie de sub escenario de globalización dominado por monopolios. El proyecto europeo fue diseñado desde afuera y construido sistemáticamente para desposeer a la gente de su capacidad para ejercer su poder democrático. La Unión Europea fue establecida como un protectorado de los monopolios. Con la implosión de la zona euro, la subordinación a la ganancia de los monopolios ha significado la abolición de la democracia, que ha sido reducida al estatus de farsa y que adopta formas extremas, concentrándose solo en la pregunta: cómo el “mercado" (o sea los monopolios) y las “agencias de calificación de riesgos” (es decir, de nuevo los monopolios) reaccionan? Actualmente ese es el único asunto planteado. Ya no es un tema a ser considerado el cómo la gente reacciona.
Está claro que ni aquí ni allí existe una alternativa a la audacia: es necesario "desobedecer" las reglas impuestas por la "Constitución Europea" y el ficticio Banco Central Europeo. En otras palabras, no existe otra alternativa que deconstruir las instituciones europeas y la zona euro. Este es el pre requisito insoslayable para la eventual reconstrucción de "otra Europa" de pueblos y naciones.
En conclusión: Audacia, más audacia, siempre audacia.
En definitiva esto es lo que quiero decir con audacia:
(i) Para la izquierda radical de las sociedades de la Triada imperialista, la necesidad de un compromiso para construir un bloque social anti monopólico.
(ii) Para la izquierda radical de las sociedades de la periferia, el compromiso de construir un bloque social alternativo anti-comprador.
Va a tomar tiempo avanzar en la construcción de estos bloques, pero podría darse una aceleración si es que la izquierda radical se mueve con determinación y se compromete en avanzar por el largo camino al socialismo. Es sin embargo necesario proponer estrategias no para “salir de la crisis del capitalismo” sino para "salir del capitalismo en crisis", como dice el título de uno de mis recientes trabajos.
Nos encontramos en un periodo crucial de la historia. La única legitimidad del capitalismo es haber creado las condiciones para transitar al socialismo, que debemos entenderlo como una fase más avanzada de la civilización. El capitalismo es ya un sistema obsoleto, su continuidad solo puede llevarnos a la barbarie. No es posible otro capitalismo. La posibilidad de un choque de civilizaciones es, como siempre, incierto. O la izquierda radical triunfa mediante la audacia de sus propias iniciativas para elaborar avances revolucionarios, o la contra revolución ganará.
Todas las estrategias de la izquierda no radical no son de hecho estrategias, sino tan solo ajustes coyunturales a los altibajos de un sistema que implosiona. Y si el poder que se quiere, como Le Guépard, es el de "cambiar todo para que nada cambie", y si los candidatos de la izquierda creen que es posible "cambiar la vida sin tocar el poder de los monopolios", la izquierda no radical no detendrá el triunfo de la barbarie del capitalismo. Ya han perdido la batalla por no querer enfrentarlo.
Audacia es lo que hace falta para provocar el otoño del capitalismo, otoño que será anunciado por la implosión del propio sistema y por el nacimiento de una auténtica primavera de los pueblos, una primavera posible.
Referencias:
Samir Amin, Sortir de la crise du capitalisme ou sortir du capitalisme en crise ; Le temps des cerises, 2009.
Samir Amin, Ending the crisis of capitalism or ending capitalism. Pambazuka Press 2011
Samir Amin, Du capitalisme à la civilisation ; Syllepse, 2008.
Aurélien Bernier, Désobéissons à l’Union Européenne ; Les mille et une nuits, 2011.
Jacques Nikonoff, Sortir de l’euro ; Mes mille et une nuits, 2011.
François Morin, Un monde sans Wall Street ; Le seuil, 2011.


[1] Sobre los inputs: “Se empieza considerando, por razones de simplificación, que se produce un sólo bien (o servicio ) por una empresa y que para producirlo es necesario una serie de elementos denominados factores de producción (también pueden ser denominados insumos o inputs). El bien o servicio producido recibe el nombre de output. La función que relacionaría las cantidades de la cantidad de factores productivos utilizados con el output obtenido recibe el nombre de función de producción. Los inputs utilizados serían las materias primas , productos intermedios (comprados a otra empresa u obtenidos en otro proceso de producción de la misma empresa), el trabajo humano usado, los suministros de energía, agua y similares, el coste de reponer el capital utilizado, maquinaria, herramientas), ya que sufre desgaste por el uso en el proceso de fabricación. Una simplificación frecuente es reducir a dos los factores: capital y trabajo . Trabajo representaría el trabajo humano, capital el resto” en http://es.wikipedia.org/wiki/Microeconom%C3%ADa 

Fuente: http://www.rebelion.org 

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